Comida de Navidad

Llevas días sintiendo cierto desvelo, anticipando lo que te viene encima, presagiando días difíciles.

La Navidad viene siempre con la idea preconcebida de que será un tiempo de felicidad, de reencuentro. Pero no siempre es así.
En ocasiones es cuando nos enfrentamos a “la silla vacía” por primera vez, de los que ya no están.
Momentos tristes se entrelazan con otros alegres, criaturas nuevas, niñas que crecen, novios y novias que se acoplan al grupo

Y llega el día

Una revuelo de actividad se desarrolla a tu alrededor. Platos exquisitos sobre la mesa. Te sientas en silencio, contenida.

Observas a los niños jugar, intentas estar alegre pero la tensión se está acumulando en la boca del estómago. La conversación gira en torno a la crianza, nuevos embarazos, las anécdotas divertidas, las partes difíciles, las noches sin dormir…

Te muerdes suavemente el labio inferior. Respiras profundamente para contener los sentimientos. Te preguntas ¿Cuanto falta para que algún pariente bondadoso te pregunte: ¿Cuándo planeáis tener hijos vosotros?

¿Cómo responder? Como clamar que estás volcada en intentar tener hijos, que cada mes, lloras en el baño cuando tú regla te recuerda otro intento fallido de convertirte en madre.
No estás segura de cuánto tiempo podrás continuar así, pero no puedes imaginarte un futuro sin hijos. El dolor que te provoca esa posibilidad es proporcionado al amor que sientes por tus hijos no nacidos. Te sientes invisible, estancada, avergonzada, sola… te desmoronas, y luego simplemente sientes rabia.

¿Te suena familiar?
No estás sola.

Si esta es tu historia, estás experimentando algo que es casi invisible en la cultura general: el duelo por la falta de hijos.
Contrariamente a la imagen de mujeres despreocupadas o planificando su carrera profesional, la gran mayoría de las mujeres sin hijos lo son por infertilidad o por circunstancias, no por elección.

Entre un 25% y un 30% de las españolas nacidas en la segunda mitad de los 70 no será madre, según un estudio realizado por el Centre de Estudios Demográficos de la Universidad Autónoma de Barcelona en Enero de 2016

Vamos mal equipadas para navegar por nuestro dolor, ya que no existimos dentro de nuestra cultura. Apenas se nos menciona en la literatura sobre el duelo y muchos profesionales sanitarios no nos comprenden bien, por no hablar de nuestras familias y amigos, y de los medios de comunicación que nos rodean.

Las personas sin hijos vivimos en un mundo lleno de posibles desencadenantes de dolor todos los días. Los medios de comunicación se llenan con anuncios de juguetes, de bebés recién nacidos, de primeros días de escuela, historias divertidas, vacaciones familiares…

La familia, los hijos y la maternidad nos rodean. Aunque estemos profundamente heridas, tenemos que aprender nuevas fórmulas para vivir con ello, con un mínimo apoyo. Ser autodidactas.

Además tenemos que tragarnos comentarios como:

«Pero la maternidad es muy dura, no te creas»
«Tu tienes suerte, tienes mucho tiempo libre»
«Si quieres, coge uno mío!»

Imagínate, solo por un momento, cómo le sentarían esos comentarios a una pareja que ha perdido una criatura.

Puede que no sea lo mismo, pero el duelo por la falta de hijos, puede estar en el mismo territorio psicológico, es una sensación de dolor poco conocida.

Somos incapaces de ser completamente felices ante los anuncios de embarazo de nuestras queridas amigas, sabed que al mismo tiempo nos provoca dolor.

Nuestra identidad está así, aún más herida luchando con sentimientos complejos como la envidia, la ira y la amargura.

Nos convertimos en mujeres sin hijos a través de la pérdida: de una criatura real, un embrión o el fracaso en nuestro anhelo de embarazo. Las pérdidas se acumulan, pero en esencia, es la pérdida de la fertilidad, la maternidad y la capacidad de crear nuestra propia familia.
Esta experiencia puede llevarnos directamente al dolor.

A lo largo de los 7 años de mi fallido viaje de fertilidad y de la decisión final de parar, experimenté tal profundo dolor que en ocasiones me preguntaba si podría soportarlo, e incluso como matrona, si podría continuar con mi trabajo.

No entendía que lo que estaba experimentando era un duelo.

No todos las psicólogas con las que me topé, entendieron de lo que les hablaba: “Tienes sobrevalorada la maternidad” me decían. De hecho, estaba sufriendo una profunda pena.
Aprender sobre el duelo. Palabras como «duelo desautorizado» y «duelo complicado» me resonaron, estas fueron algunas de las cosas que me ayudaron a reconstruir mi experiencia y mi viaje de curación.

Nunca sabremos cómo la maternidad podría habernos transformado. El desafío que supone, el agotamiento… Nunca pensamos que sería fácil, solo queríamos tener la oportunidad de experimentarlo.

No se trata de ocultar la pena, hay que aceptarla y seguir adelante. Cuando nos abrimos plenamente al dolor, este nos transforma y cambia lo que somos. Se abre una nueva versión de futuro para nosotros mismas.

Hacer un trabajo de duelo sana.

Hablar con otras personas que han pasado por lo mismo, dialogar sin que nadie cambie de conversación…
En definitiva normalizarlo como una más de las experiencias humanas.

Ardua tarea, lo sé.
Pero no estás sola.

Salud y Feliz Navidad

 

Basado en un texto de Sarah Roberts de The Empty Cradle

Foto : ShortSword, Rachel Burkum Pixabay

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